18
Nov
2020
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“Después de estas cosas la palabra del Señor vino a Abram en visión, diciendo: No temas, Abram, yo soy un escudo para ti; tu recompensa será muy grande.” (Génesis 15:1).

¡Qué maravilloso es esto! De todas las cosas que el Todopoderoso tenía para ofrecerle a Abram, nada se comparaba a Su magnífica presencia. En este momento en particular, el nombre de Abraham todavía no había cambiado, pero Dios sabía lo que había en su corazón; no tenía hijos, estaba preocupado y frustrado. Sin embargo, Dios le mostró algo más grande que recibir una bendición. Desvió su foco de la bendición y la puso en el que bendice. En otras palabras, Dios le estaba diciendo: “Recibirme a Mí es muchísimo mejor que recibir un hijo.”

Esta es la visión que Dios quiere que tengamos cada uno de nosotros. De la misma manera que Él llevó a Abraham fuera de su tienda, Él quiere que nosotros también salgamos de nuestra “tienda” y nos concentremos en lo más importante. Con seguridad, Dios quiere darnos cosas grandes, pero aun mayor que las bendiciones físicas es tenerlo a Él. Es por eso que Él resalta: “El es nuestros escudo, nuestra gran recompensa”

Como humanos, tenemos la tendencia de creer que recibir bendiciones resolverá todos nuestros problemas. Suponemos que al casarnos, al tener hijos, al recibir un ascenso, etc. seremos felices. Hasta cierto punto, estas cosas nos hacen felices, pero solo temporalmente. Son muchos los que poseen bendiciones materiales, pero son infelices por dentro. La verdad es que solo comenzamos a resolver nuestros problemas y a lograr una felicidad verdadera cuando recibimos el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es la mayor recompensa de todas y debemos esforzarnos para priorizarlo y ponerLo primero sobre todo lo demás. Pero, puede que usted ser pregunte, ¿y el resto?

“Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. (Mateo 6:33).

Esta es la guía que nuestro Señor Jesús nos dejó porque nada puede ser más importante que la salvación de nuestra alma. Y ¿cuál es la garantía de nuestra salvación? El Espíritu Santo.

Cuando poseemos el Espíritu Santo, cualquier cosa que perdamos no es una pérdida, porque con Él lo tenemos todo. Puede que experimentemos contratiempos y pasemos por pruebas difíciles, pero permanecemos firmes y, lo más importante, tenemos paz, porque tenemos la seguridad de que Dios está con nosotros.

Quizá hasta ahora, su corazón ha anhelado ciertas bendiciones, así como el corazón de Abraham. “Y Abram dijo: Oh Señor Dios, ¿qué me darás, puesto que yo estoy sin hijos, y el heredero de mi casa es Eliezer de Damasco?”(Génesis 15:2). Dios le reitera lo mismo que le dijo a Abraham: “Concéntrate en Mí.” De hecho, si usted no tiene el Espíritu Santo, pídale a Dios: “¿Qué me puedes dar, puesto que no tengo el Espíritu Santo?” No importa cuanto tratemos de convencernos a nosotros mismos de lo contrario, la realidad es que no existe bendición que Dios nos pueda dar que sea mayor que Él mismo.

Es por eso que para que podamos tomar posesión de la gran recompensa, la cual es el Espíritu Santo, debemos poner nuestro corazón en Dios y entregarle toda nuestra vida sobre el Altar. Eso significa que tenemos que dejar de poner nuestro corazón en las personas, en posesiones, bienes y todo lo que es terrenal y centrarnos en las posesiones celestiales: El Espíritu Santo, la salvación y el Reino de los Cielos. Eso es lo que significa tener la perla y cuando la tenemos, lo tenemos TODO. No arriesgamos perderla, ni tampoco la intercambiamos por nada ni por nadie más porque entendemos su valor. Recuerda, no hay mayor recompensa que tener el Espíritu Santo habitando en nuestro interior. ¡Qué honor!

“El reino de los cielos también es semejante a un mercader que busca perlas finas, y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró. (Mateo 13: 45-46).

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