14
Aug
2020
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Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo;¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios” (Salmos 42: 1-2)

Vivimos en un mundo donde mucha gente es consciente de sus necesidades espirituales, pero no saben quiéno qué puede satisfacer su sed más profunda e interior. Muchos expresan que tienen un vacío en el alma que solo nuestro Creador y Salvador puede llenar. Entonces, ¿Cómo se llena este vacío? Cuando recibimos el Espíritu Santo. Y para recibir el Espíritu Santo, debemos estar sedientos y, para estar sedientos se comienza con ser obedientes. Esto significa, estamos dispuestos a hacer los que sea para agradar a Dios puesto que nuestra obediencia se demuestra a través de nuestras acciones. En simples palabras, estamos dispuestos a abandonar nuestros pecados y todo lo que nos separa de Dios, tales como amistades y relaciones, nuestra voluntad, mentiras, rencores, malos ojos, hábitos promiscuos y todo tipo de tendencias mundanas.

La verdad es que estas cosas que ofrece el mundo solo proveen alegría, paz y satisfacción temporaly, a menudo, nos dejan sedientos y peor de lo que estábamos.

Sin embargo, cuando nuestro Señor Jesús sacia nuestra sed, nunca volveremos a estar sedientos y hasta nos volvemos fuentes de Agua Viva. Por eso dijo: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.”(Juan 7:37-38)

En cambio, cuando resistimos y seguimos insistiendo en hacer las cosas a nuestra manera, demuestra que no queremos a Dios de la manera que pensábamos. Nuestras acciones siempre reflejarán nuestras prioridades. No es suficiente decir que amamos a Jesús, nuestras palabras deben ser respaldadas por el deseo de sacrificar lo que sea un impedimento para nuestra relación con Él. De la misma manera que abandonamos a otras personas cuando nos casamos, también tenemos que definirnos cuando se trata de Dios, porque no podemos querer a Dios y amar el mundo todavía. ¡No funciona! Y la triste realidad es que cada vez que le damos la espalda a Dios y hacemos lo que no le agrada, rompemos Su corazón y, en consecuencia, ponemos nuestra alma en riesgo.

Recuerda que la sed de nuestra alma consiste en conocer a Dios. Si queremos ser salvos y permanecer salvos, nuestra sed por Dios debe ser mayor que la necesidad por cualquier otra cosa o por nadie. Nuestra mayor prioridad debe ser hacer la voluntad de nuestro Padre. Cuando somos así, con el tiempo, tendremos el privilegio de pasar la eternidad con nuestro Salvador.

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